Homenaje a Eduardo García de Enterría

Por Agustín Gordillo

En la década del ’50 decían en España que era como un primer ministro de la oposición, en pleno ejercicio de su competencia, el derecho administrativo. Reunió todos los esfuerzos del mundo académico contrario a los abusos del poder (La lucha contra las inmunidades del Poder en el Derecho administrativo), en aquel caso del franquismo y lo hizo con el éxito que testimonia la Constitución de 1978 y todo cuanto se siguió construyendo después.

Libró la lucha en todos los ámbitos universitarios para que fueran oídos los que criticaban los abusos del poder, no solamente quienes lo aplaudían y adulaban, o simplemente asentían y callaban, que eran y son muchos en nuestros pueblos. Luchó por la justicia oportuna (La batalla por las medidas cautelares), sin la cual no hay justicia.

Extraña contradicción íntima de su disciplina elegida como vocación de servicio y de vida, que concite tanto el interés de los que se oponen a la arbitrariedad de las administraciones públicas y los que, al contrario, hacen un culto explícito del poder ilimitado e incondicionado.

Lo conocí personalmente en 1966,como integrante de la nutrida representación española al V Congreso Hispano Luso Americano de Municipios, en Santiago de Chile, en que fui el relator general de la participación ciudadana en la gestión de los asuntos públicos. Fui allí recibido en su grupo, con todos los demás amigos españoles cultores del derecho administrativo, como un hermano.

Fui muchas veces a España y siempre tuvo la deferencia de recibirme, organizarme ciclos de conferencias por todo el país, con sus discípulos y amigos, organizar alguna cena con lo más granado del derecho administrativo español. Me facilitó el ingreso a ese grupo de eximios pensadores que siempre tuvieron los brazos abiertos a Iberoamérica.

Esa generosidad la manifestó siempre con todos los latinoamericanos del mismo enfoque político de lucha contra la arbitrariedad, celebrando incluso la “españolidad” de algunos que se adentraron en esa corriente de la doctrina española y la trasladaron a la praxis argentina de la defensa de los derechos individuales contra las arbitrariedades de los poderes públicos. La influencia de su pensamiento ha sido profunda y seguirá sin duda vigente a través del tiempo.

Con todos los homenajes que se están desgranando por el mundo (http://politica.elpais.com/politica/2013/09/17/actualidad/1379437934_483291.html; http://noticias.lainformacion.com/ciencia-y-tecnologia/ciencias-sociales/fallece-el-jurista-eduardo-garcia-de-enterria-premio-principe-de-asturias-de-ciencias-sociales_8KOXznrCLjuvjpTyPwBao2/; http://www.ideal.es/granada/rc/20130917/espana/muere-eduardo-garcia-enterria-201309170940.html; http://www.elimparcial.es/sociedad/en-la-muerte-de-eduardo-garcia-de-enterria-128343.html; http://www.teinteresa.es/comunidad-de-madrid/madrid/Enterria-Principe-Asturias-Ciencias-Sociales_0_994701065.html; http://www.teinteresa.es/comunidad-de-madrid/madrid/Enterria-Principe-Asturias-Ciencias-Sociales_0_994701065.html; http://www.teinteresa.es/comunidad-de-madrid/madrid/Enterria-Principe-Asturias-Ciencias-Sociales_0_994701065.html) ya se volverán a contar sus importantísimos libros, sus merecidas academias y su notable premio Príncipe de Asturias, sus diecisiete doctorados honoris causae; hasta Wikipedia, el quinto sitio en el mundo por el número de consultas, homenajea su vida y obra (http://es.wikipedia.org/wiki/Eduardo_Garc%C3%ADa_de_Enterr%C3%ADa). Pude escuchar y aplaudir los homenajes que recibió en su laudatio en el European Public Law Center, hoy Organización Europea de Derecho Público.

Cuando tuvo a bien aceptar el título de doctor honoris causae de la Universidad de Buenos Aires, me fue conferido el privilegio de “presentarlo”. No necesitaba, por supuesto, presentación académica alguna y traté de transitar un camino similar al que hoy utilizo, centrándome más bien en su Fervor de Borges (otro gran cultor de la libertad; Ed. Trotta, Madrid 1999). Le complació y decidió utilizarlo como prólogo a su libro Conferencias de Buenos Aires, Madrid, Civitas, 2002; antes también fue publicado como “Homenaje al Profesor Eduardo García de Enterría”, RAP, 178: 5-13 (Buenos Aires, 2001). Me permito reproducirlo, pues creo que refleja otros aspectos de su riquísima personalidad.

Su última publicación en nuestro país fue la primera edición argentina de su celebérrimo Curso de Derecho Administrativo, en dos tomos junto al también distinguidísimo catedrático don Tomás Ramón Fernández. Tuve la distinción de anotarlo para el derecho argentino, por esta misma editorial La Ley.

Recuerdo con emoción haber sabido de la generosa disposición de ambos para aceptar mi colaboración, pero ya se encontraba, lo advierto ahora, más retraído de la vida pública. Fue el querido Tomás Ramón quien contestó por ambos mis mails sometiéndoles para sus sugerencias críticas mis proyectos de notas. Va de suyo que el innato respeto de ambos por toda opinión ajena, hizo que omitieran comentario crítico alguno salvo agradecerme el respeto de haberles consultado.

Junto a la profunda tristeza de su partida nos deja sin embargo el don inapreciable de sus obras, como ésta con Tomás Ramón Fernández, más el pensamiento de millares de cultores del derecho administrativo español e iberoamericano que supieron apreciar el valor de la siempre indispensable lucha por las libertades públicas y los derechos individuales, contra los abusos del poder, por la racionalidad del comportamiento de los poderes públicos. Sus discípulos seguirán creciendo a la luz de sus obras.

Reproduzco pues, para quienes no conozcan el prólogo a sus Conferencias de Argentina, lo allí expuesto:

1. Los primeros homenajes

En la década de los ochenta, un nutrido grupo de profesores iberoamericanos suscribimos una petición para que se diera el premio Príncipe de Asturias a don Eduardo García de Enterría. Antes y después, se sucedían y sucedieron por todo el mundo, como corresponde a su ecumenismo, las distinciones académicas, las láureas, los honores. Más allá de las laudatios que serán y las que han sido, (1) más allá de la pompa, (2) su fama y su prestigio no tienen fronteras, no tienen idiomas.

Ya no es la lengua castellana, es la lengua de los derechos. Sus auditorios se han multiplicado como los panes y los peces. No existe gran ocasión académica en el mundo desarrollado que no lo cuente como principal expositor. Ahí están los doscientos años del Conseil d´État para probarlo, las teleconferencias internacionales simultáneas a muchos países y academias.

En el alba de esta semana, hemos releído y escuchado con ensimismada unción su fervor de Borges y nos aprestamos a dejarle, al caer la tarde, nuestro saludo final de éste su Buenos Aires, (3) en ésta su facultad.

Sabemos, gracias a él mismo, cuál es su numen. Si nos dejamos llevar por la mente, hallamos casi de inmediato al imperfecto bibliotecario (4) Jorge en El nombre de la rosa. Con ese eco de mil libros y mil simbolismos, con el orden del caos, (5) podemos encontrar el diapasón para intentar lo imposible, un nuevo homenaje al maestro. No un simple Marivaudage, sino la afectuosa reverencia, l´affectueuse révérence, (6) de quienes se inclinan ante los grandes.

¡Cómo decir algo en su homenaje que no haya sido dicho y mejor! Don Eduardo sigue ganándose siempre nuestro renovado afecto con esa simpatía, bonhomía, savoir faire, calidez y sencillez a la que no mancillan los elogios, por más merecidos que son. Es que ese auténtico caballero, fino y austero, de mirada por momentos severa y por momentos plena de afecto, está mucho más allá de los elogios. A lo sumo, un reflejo de pícara ironía destella a veces en su mirada cuando un extraño verso (7) regresa a su memoria. No aceptaría estratagemas, retruécanos y argucias, ni la veneración de las astucias, los execrables juegos. (8)

No necesita que lo defiendan de ser el que ya ha sido, pues ya es otro. (9)

2. Escritor, pensador

Que es un gran jurista, un grande entre los grandes, no lo describe. Ha resuelto, hace tiempo, aplicarse al otro enigma y a las otras Leyes. (10) Une lo profano del Derecho con lo poético, las letras, las montañas, sus montañas, (11) que pisa y camina sin fatiga, (12) como fiel reflejo de su vida. La poesía de su espíritu, la galana prosa de sus libros y de su verbo lo ubican en una categoría infrecuente en la historia del espíritu: un gran escritor, un gran pensador.

Hombre apasionado por la vida y las ideas, con una amplitud de inquietudes, de intereses, de experiencias vitales, que requerirían varias vidas para ser vividas.

En esa pasión, no hay delirios ni alucinaciones, (13) sino un esfuerzo mantenido por la lucidez, por la clarividencia total sobre los grandes misterios del poder. Aunque lo embelesan, no son de él los tomos enigmáticos ni las ediciones secretas (14) o los hermetismos (15) que otros crean, sino la cristalina comprensión del maestro de maestros. Cuando habla o cuando escribe, no hay que preguntarse qué quiso decir, pues tiene el don de la claridad, ese don que no es fácil gracia del destino sino fruto del trabajo y la honestidad, de la integridad intelectual y moral que se construye en cada acto de la vida.

Debe enseñar. Por ello escribe, siempre. Como otro poeta, podría decir J´écrit/ Por quoi? / Je ne sais pas/ Parsce qu´il faut. (16)

3. La hermosa guerra (17)

Para ofrecerle el doctorado honoris causa de nuestra alma mater, mis colegas han elegido un hombre venido del confín de Buenos Aires, del asfalto, pues quizás pensaron que debíamos darle un sabor de barrio, un Je ne sais quoi porteño, a su último homenaje de esta semana. Otra cosa no soy que esas imágenes. (18)

Desde éste que es también su Buenos Aires, desde nuestros oscuros callejones, recordamos y homenajeamos con el corazón a pleno su desafío de todos los tiempos por la libertad y contra el poder. Decir de sus virtudes… no alcanzan las estrellas; o tal vez sea que no hay otra virtud que ser valiente. (19)

En estas augustas paredes, retumba quizás la voz de algún orillero que hace un siglo entonaba en Buenos Aires Yo soy de un barrio malevo/ Donde relumbra el acero/ Lo que digo con el pico/ lo sostengo con el cuero. (20)

Por eso, de este lado del ocaso (21) es nuestro arquetipo. No los arquetipos últimos (22) que el griego soñó del otro lado, (23) no del mundo mitológico de héroes y demiurgos, (24) sino un arquetipo humano, con quien podemos debatir y disentir, como si fuéramos iguales. El amanecer arquetípico lo encontró, en la mitad del viejo siglo, atacando lo que otros, los que no piensan con el corazón, creían ser molinos de viento. No lo eran, bien lo demostró. Debieron finalmente ceder el paso a los nuevos tiempos, majestuosamente precedidos por don Eduardo.

Un maestro en el más pleno sentido de la palabra; su temprana autoridad moral y científica lo hizo polo de atracción de cuantos pensaron que debían también librar, como él y en la estela de su paso, la lucha contra las inmunidades del poder, por el orden que es producto del equilibrio social y de la justicia.

Tuvo siempre la visión del estratega, del estadista, del que sabe mirar lejos y ver siempre el bosque, no solamente los árboles. Por eso, aquellas luchas lo vieron siempre vencedor. Hace poco, ha librado la batalla de las medidas cautelares y ya está venciendo. Se decía, hace medio siglo, que su escuela era el Ministerio de la Oposición. Qué va, era y es la fuerza moral de un país, la institución iure proprio, la alternativa de poder genuino, no aquel que se ejerce en los pasillos y trastiendas, sino el que deviene realidad a partir de la sola fuerza moral de quien lo transmite, lo irradia, lo dimana. No le hace falta ejercerlo, le es consustancial a su existencia como ser creador, como brújula, como inspiración creadora.

Libró la hermosa guerra. (25) Puso la intensa agudeza de su ingenio al servicio de las nobles causas. Ejemplarizó desde la Revolución Francesa, desde la tópica, la justicia y no la norma transformada en burocracia. Nos deja su simiente intelectual y moral en todo el mundo, en los discípulos de su escuela y en los discípulos de sus discípulos: Eduardo, eres los otros. Su canon está cumplido. (26)

4. Humanista

He admirado siempre su espíritu libertario y humanista. He tratado de seguir sus grandes ideas y las ideas de aquellos que han continuado sus pasos. Pasan los años y así como el mundo cambia y se renueva, así también don Eduardo tiene siempre la aguda percepción creadora. Cada vez que lo he visto he aprendido. Cada vez que lo he leído, he reflexionado. Cada vez que hablé con él, he crecido como hombre de Derecho, pero, por sobre todo, como persona humana.

Eduardo, no es polvo la palabra escrita por tu mano ni el verbo pronunciado por tu boca. (27) Tu verso incorruptible no morirá jamás. (28)

Sólo una cosa no hay. Es el olvido. (29)

(1) Como parte del homenaje, se han tomado palabras y frases de la poesía de Borges analizada por García de Enterría en su libro Fervor de Borges, Madrid, 1999. Se señalarán aquí algunas, remitiendo a las páginas del mencionado libro en el que ellas son referidas y comentadas. La presente corresponde a las pp. 133, 135 y 143. También se han utilizado títulos de trabajos de García deEnterría y trozos de frases suyas que serán fácilmente identificables.
(2) Op. cit., p. 29.
(3) Op. cit., p. 107.
(4) Op. cit., p. 133.
(5) Op. cit., pp. 94 y 132.
(6) Georges Brassens, en homenaje a su poeta preferido.
(7) Op. cit., p. 54.
(8) La principal referencia a este conjunto se encuentra en la obra citada, p. 39.
(9) Op. cit., pp. 58 y 76.
(10) Op. cit., pp. 64, 71, 76, 102 y 128.
(11) Ver su libro De montañas y hombres, 2ª. ed., Madrid, 2001, colección Austral.
(12) Borges poeta utiliza mucho el vocablo, pero como verbo, pp. 55, 73, 133, 139, 141.
(13) Op. cit., pp. 134 y 139.
(14) Op. cit., p. 132.
(15) Op. cit., pp. 132 y 133.
(16) Paul Valéry.
(17) Op. cit., p. 55.
(18) Op. cit., pp. 20 y 47. El presente párrafo y el siguiente toman el Buenos Aires de Borges, op. cit., pp. 117, 127, etc.
(19) Op. cit., pp. 59, 71, 77, 81 y 91.
(20) Evaristo Carriego, a quien Borges solía recordar; op. cit., p. 90.
(21) Op. cit., pp. 66, 140 y 143.
(22) Op. cit., p. 63.
(23) Op. cit., pp. 63, 140 y 141.
(24) Op. cit., p. 130.
(25) Op. cit., p. 55.
(26) Op. cit., pp. 25, 42, 68, 69, 75 y 86.
(27) Op. cit., p. 42.
(28) Op. cit., pp. 20, 47, 54, 61, 103, 104, 118, 199, etc.
(29) Op. cit., pp. 56, 65 y 142.

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